El profesor Juan Vindel del Área de Dirección estratégica nos va a contar qué ha aprendido de sus alumnos.

Supongo que aprender de los alumnos es algo que no dejamos de hacer nunca. Las buenas clases siempre son “iteractivas”, dinámicas, duras, donde los alumnos te someten a 90 minutos de reto fascinante. Tan duras resultan que frecuentemente, tras una clase necesito un ratito para “descansar”, me voy a un hotel cercano al IE y me desplomo en uno de sus sillones…

Los alumnos de un master son, por esencia, heterogéneos. La diversidad de origen, formación, experiencia previa… es maravillosa. En más de 20 años como profesor de Estrategia no creo haber tenido dos clases iguales.

El alumno tiende a llevar al profesor a aquellas zonas en las que se encuentra cómodo, así es muy frecuente que las cuestiones se centren en aspectos en los que el alumno “sabe” mucho más que el profesor…

Esto nos lleva a la primera gran lección: La humildad. Aquellos tiempos en los que un profesor impartía “magisterio” han pasado, en especial en el tipo de enseñanza que nos ocupa. El buen profesor no debe saberlo “todo”…Un profesor debe ayudar a pensar, para ello, ha de ponerse en el mismo nivel del alumno, y para eso, debe ser humilde.

Ahora bien, ojo, algo que también me han enseñado mis alumnos es a no confundir la enseñanza con la paternidad. Hay personas para las cuales el ser profesor significa ser una buena compañía, un tipo simpático capaz de entender los problemas de sus alumnos y que intenta cubrir las necesidades afectivas y sociales de sus alumnos. Un profesor cercano, amigo, cómplice de sus alumnos…

A veces algunos profesores caemos en este error. El alumno sabe perfectamente la diferencia entre aprender y pasárselo bien. Lo primero no está reñido con lo segundo pero lo segundo sin lo primero desnaturaliza nuestra misión: enseñar.

Algo frecuente en mi caso es utilizar la experiencia previa de mis alumnos para ilustrar problemas o materias tratadas en clase, nada mas real, cercano y tangible para ellos que utilizar sus propias experiencias “vividas”, esto, no sólo dota de “realismo” a lo que tratamos en clase sino que les convierte a ellos en protagonistas incrementando la aplicabilidad de lo tratado en las clases.

Con el paso del tiempo he ido aprendiendo y cambiando mi aproximación hacia mis alumnos. Cada día más mi relación con ellos se asemeja más a las relaciones profesionales en el seno de la empresa que a la típica relación educador-pupilo. Esta relación se plasma en el grado de exigencia, en el grado de respeto mutuo, en el grado en el que se expresa el premio o el castigo… Esta relación, que, por deformación profesional tenía e intentaba corregir, con el tiempo me he dado cuenta de su valor hasta el extremo en que hoy en día es mas frecuente que trate a mis colaboradores en el trabajo como alumnos que a mis alumnos como tales…

Algo muy importante: saber escuchar. El buen profesor debe ser un buen comunicador y, un buen comunicador, necesariamente debe saber escuchar. En muchas ocasiones, el profesor escucha al alumno pero no lo hace con la intención de entender el mensaje sino de contestarlo.

Algo que he aprendido de mis alumnos con el tiempo es lo importante que es comprender si queremos ser bien comprendidos. Cuando incumplimos esta regla, la comunicación bidireccional se rompe y la clase se estropea, se vuelve a convertir en un mensaje “one way” tradicional y perdemos todo lo bueno que nuestro sistema de enseñanza tiene.

Otra lección recibida se refiere a un problema muy común entre los mortales: nuestra errónea e imprudente propensión a “prejuzgar”, en muchas ocasiones, la experiencia nos lleva a “anticipar” una respuesta en función de la formación o la experiencia previa del alumno y, en muchas ocasiones, esta anticipación es errónea.

Y la mayor lección de todas, saber apreciar todo aquello que nuestros alumnos son capaces de enseñarnos. Feliz año a todos.

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